¿Querer es poder?

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Soy de las que piensan que la motivación que tengamos en algo es fundamental para lograr lo que queramos. Me gustan las frases motivadoras y defiendo la psicología postivia. Sin embargo una frase que escuché en un curso que realicé hace poco tiempo, me hizo reflexionar sobre eso que tanto estamos acostumbrados a oir: “si quieres, puedes”. En concreto, la profesora nos dijo lo siguiente: “no siempre que quieres, puedes”.

Últimamente me encuentro en muchos sitios frases motivadoras:  en tazas, camisetas, cuadernos, fundas de móvil… Nos podemos encontrar con este tipo de frases en las paredes de un bar y en la sala de espera del dentista.

A muchos de nosotros nos gustan, algunas nos sacan una sonrisa, y otras nos hacen pensar: “venga sí, hoy va ser un gran día, y lograr todo aquello que quiera”.  Tener un pensamiento positivo, creo, es fundamental para encajar las dificultades de la vida, para luchar por lo que queremos y defendemos.

Sin embargo creo que también es fundamental conocer nuestras limitaciones, nuestras debilidades, nuestras amenazas.

No siempre es tan fácil cómo nos lo pintan. Conocerse a uno mismo y hacer un análisis de la realidad nos ayudará a encaminar nuestros pasos para lograr aquello que queramos. Con querer no es suficiente. Hay que hacer.

Así que te animo a que hagas por lo que quieres, al fin y al cabo

“Soñar no es esperar” (Miguel de Unamuno).

Un abrazo,

Judith.

¿PARA QUÉ?

PARA QUE

La herramienta fundamental que utiliza un coach en sus sesiones es la pregunta. El coach pregunta y el coachee (cliente) responde. Con las preguntas invitamos al cliente a que bucee en su interior y saque aquello que tiene dentro y le va ayudar a conseguir su objetivo.

Sus recursos, sus fortalezas, sus deseos, sus bloqueos… todo está en él. Solo tiene que encontrarlo y el coach le acompaña en esta búsqueda. El coach nunca le dirá lo que tiene que hacer.

No todas las preguntas tiene el mismo impacto. Una de las que más me gusta hacer en mi trabajo como coach, y también fuera de él, es “¿para qué?”. El otro día, al recibir el feedback de un cliente me habló de lo mucho que le había ayudado esa pregunta.

Tendemos a preguntar “¿por qué?” pero para responder no podemos evitar buscar justificaciones que suelen dejarnos anclados. Cuando tratas de responder a la interrogación “¿para qué?” buscas valores. Y con los valores conectas y te guían hacia delante, hacia tu objetivo.

Te invito a que te preguntes más a menudo “¿para qué?” y menos “¿por qué?”. La próxima vez pregúntate “¿Para qué he venido a este sitio?” en lugar de decirte “¿Por qué he venido a este sitio?”

Me gustaría mucho leerte en comentarios y saber si a ti también te parece una pregunta potente.

Texto y fotografía: Raquel Reguero

Cómo acompañar a mi hijx adolescente.

Gaviota, Ave, Que Vuelan, Cielo, Alas

Debido a un trabajo que estoy realizando, estoy teniendo la oportunidad de compartir charlas con grupos de adolescentes.

 He de reconocer que en un primer momento me daba un poco de pereza. Hace 19 años que dejé de tener 15; y volver a encontrarme entre los cambios hormonales, físicos,emocionales, los miedos a lo desconocido, las ganas de lo desconocido, etc no me motivaba demasiado.

Pero soy de la opinión de que toda experiencia te aporta algo positivo, así que me lancé con  ilusión en el proyecto.

Hice bien, hice muy bien. Aprender de los adolescentes es una oportunidad única.

Pero me centro, que me puedo pasar horas hablando de ellxs. Hoy quería compartir una reflexión que he hecho estos días.

¿ Cuánto hablamos con nuestrxs hijxs? ¿ De qué hablamos? O mejor dicho ¿De quién hablamos? ¿ De ellxs o de nosotrxs?.

Ya os comenté en este post, que con mis hijos pequeños me funciona el hablarles de mí, de mis experiencias, de mi día a día para que ellos me hablen de sus cosas. Compartir momentos, reflexiones y opiniones es algo maravilloso.

Esto no suele ser muy común, muchas son las madres y los padres que preguntan a sus hijos : ¿qué has hecho hoy? ¿Cómo te has portado? ¿Qué tal te ha ido?”  pero pocxs los que se sinceran y les dicen a sus hijxs: “Pues hoy yo he llegado tarde a trabajar, y he estado agusto a pesar de que la última hora se me ha hecho muy larga. Me arrepiento de haberle hablado mal a un compañero porque yo estaba nerviosa, le he  pedido perdón luego. Me he echado unas risas en el café…”

Si no compartimos con ellxs nuestras cosas, no pretendamos que ellxs nos cuenten las suyas.

A lo que iba. Estaba yo hablando con lxs chavalxs cuando una chica reconoció: “ mi padre me ha dicho que no beba (alcohol), y lo que me puede pasar si lo hago.” Yo imaginé que estaba hablando de los efectos que puede tener el alcohol, cómo nos afecta ,etc. Pero ella aclaró: “si lo hago, me castigará”.

  • No hablamos con nuestros hijxs de nosotrxs, sino sólo de ellxs.
  • No les favorecemos una actitud crítica y reflexiva ante la vida.
  • Les amenazamos con castigos.

Lo que se traduce en que esta chica, quizás no beba nunca; pero no por ser consciente del peligro que conlleva, sino por miedo al castigo. Y lo que es más probable: que si bebe, lo hará a escondidas, no lo reconocerá, no buscará ningún tipo de apoyo  en su padre en caso de que suceda algo.

Si queremos que el futuro de nuestrxs hijxs mejore, deberemos hablar con ellxs, compartir, confiar, escuchar, aprender de ellxs, informar, formar, acompañar, respetar.

Espero no olvidar las reflexiones que estoy haciendo estos días a medida que mi hija y mi hijo se hagan mayores. Espero no perder las costumbres que tengo y mejorarlas y aumentarlas, con el fin de criar personas autocríticas, responsables y con valores. Con la idea de criar personas felices.

“ te estoy tejiendo un par de alas, sé que te irás cuando termine…

… pero no soporto verte sin volar”

Andrés Castuera-Micher.

Si tienes hijxs en la adolescencia te dejo unos enlaces:

http://www.ninosdeahora.tv/index.php/blog/noticia/450

http://verne.elpais.com/verne/2015/10/28/articulo/1446039368_360430.html

http://as.bzzvid.com/api/ogShare.htm?creaId=511183&pId=528117&network=facebook

Un abrazo,

Judith.

LOS ABUELOS

LOS ABUELOS EDITADA

Cuando oigo la palabra “abuelos” me viene la imagen del abuelo tierno y cariñoso llevando a sus nietos al parque, contándoles historias de cuando era joven o enseñándoles a andar en bicicleta. Es la viva imagen del que juega, comparte y disfruta con los niños.

Actualmente, en la calle, es otra la imagen que observo a menudo. Veo al abuelo inquieto pendiente del reloj para no llegar tarde al colegio, al que carga con la mochila del nieto o al que hace la compra pensando en los gustos culinarios del niño. Es la viva imagen de la persona atareada y llena de responsabilidades que sustituye a los padres.

Ya hablé en este otro texto de los abuelos. Hoy quería destacar las dos figuras de los abuelos y dejar claros varios puntos que me parecen importantes.

Sé que en muchas ocasiones los abuelos son nuestra salvación para que cuiden de nuestros hijos mientras los padres trabajamos. Pero no podemos olvidar que no es su obligación. Deberíamos preguntarles antes de dar por supuesto que se quedarán con los niños. Si ellos aceptan será estupendo pero, si no quieren también tenemos que respetarles y no juzgarles por ello. Sus razones tendrán, desde tener miedo a asumir una responsabilidad tan grande hasta tener ganas de vivir su vida ahora que pueden tras la jubilación. Habrá que buscar otras alternativas.

También es muy importante que si los abuelos asumen la tarea de cuidar de los nietos mientras los padres trabajan, deben seguir la misma pauta educativa que ellos. Quienes marcan la pauta son los padres ya que ellos son los responsables de la educación. Para esto es imprescindible que se sienten todos juntos y hablen del tema. Por ejemplo, si los padres consideran que no se pueden dar chuches después de la comida durante los días de semana, los abuelos deberán respetarlo.

A pesar de que los abuelos acepten la tarea de “sustituir” a los padres, es muy conveniente tanto para los abuelos como para los niños, que también compartan momentos de ocio como ir a pescar el domingo a la mañana o cualquier otra actividad lúdica (aun estando sus padres en casa).

¿Qué opinas? Me gustaría leerte en comentarios.

Texto: Raquel Reguero

Cuando la enfermedad se convierte en identidad.

Casualidades de la vida, hacía años que no veía a esa vieja compañera de clase y en menos de un mes me la encontré dos veces.  Hablando de todo un poco me contó que estaba de médicos con su madre. Que aunque su madre no lo reconocía, llevaba una temporada un poco más baja, que le temblaban mucho las manos y que tenían cita con el neurólogo.

Y es que nos acercamos a la edad en la que empiezas a preocuparte por la salud de tus padres. Parece que eso no va a llegar nunca, que son ellos los que te van a cuidar y proteger por el resto de los días; pero llega, todo llega.

En el segundo encuentro le pregunté por su madre. “Mal” fue la respuesta. “Le han diagnosticado Parkinson”. Un palazo, una torta en toda la cara, un puñetazo en el estomago. Estas noticias siempre son difíciles de encajar, y así estaba mi antigua compañera, desencajada.

Continuó contándome que a partir de la siguiente semana iban a contratar a una persona para que realizase todas las tareas del hogar, que su madre no tenía porqué limpiar las lámparas, ni el polvo, ni hacer la comida y limpiar la cocina. Que ahora su madre, una señora de 76 años, una señora que ha sido desde que se casó con 20 años, ama de casa, que se ha dedicado al cuidado de sus hijos y su marido toda la vida, se iba a dedicar a  hacer nada, porque tenía Parkinson.

Esta señora, que hasta el día del diagnóstico había continuado haciendo lo de toda la vida, perdía su identidad, cambiaba la etiqueta, cambiaba de nombre, ya no sería Teresa a secas; ahora era enferma de Parkinson.

No dudo, que la decisión de hacerlo así, fue con la intención de protegerla y cuidarla. No dudo de que fueron momentos muy difíciles para toda la familia. Quizás el miedo de que le pasase algo no les dejó ver que su madre de momento podría hacer la mayoría de las cosas que ahora le prohibían realizar. No se dieron cuenta de que el mismo día del diagnóstico, su madre había hechos las camas, limpiado el polvo, preparado la comida, limpiado la cocina y el baño.

Lo que esta señora tuvo que sentir no me lo imagino, y probablemente su familia tampoco se lo imaginó cuando tomó la decisión de que la enfermedad fuera su identidad.

Texto: Judith Reguero.