Cuando la enfermedad se convierte en identidad.

Casualidades de la vida, hacía años que no veía a esa vieja compañera de clase y en menos de un mes me la encontré dos veces.  Hablando de todo un poco me contó que estaba de médicos con su madre. Que aunque su madre no lo reconocía, llevaba una temporada un poco más baja, que le temblaban mucho las manos y que tenían cita con el neurólogo.

Y es que nos acercamos a la edad en la que empiezas a preocuparte por la salud de tus padres. Parece que eso no va a llegar nunca, que son ellos los que te van a cuidar y proteger por el resto de los días; pero llega, todo llega.

En el segundo encuentro le pregunté por su madre. “Mal” fue la respuesta. “Le han diagnosticado Parkinson”. Un palazo, una torta en toda la cara, un puñetazo en el estomago. Estas noticias siempre son difíciles de encajar, y así estaba mi antigua compañera, desencajada.

Continuó contándome que a partir de la siguiente semana iban a contratar a una persona para que realizase todas las tareas del hogar, que su madre no tenía porqué limpiar las lámparas, ni el polvo, ni hacer la comida y limpiar la cocina. Que ahora su madre, una señora de 76 años, una señora que ha sido desde que se casó con 20 años, ama de casa, que se ha dedicado al cuidado de sus hijos y su marido toda la vida, se iba a dedicar a  hacer nada, porque tenía Parkinson.

Esta señora, que hasta el día del diagnóstico había continuado haciendo lo de toda la vida, perdía su identidad, cambiaba la etiqueta, cambiaba de nombre, ya no sería Teresa a secas; ahora era enferma de Parkinson.

No dudo, que la decisión de hacerlo así, fue con la intención de protegerla y cuidarla. No dudo de que fueron momentos muy difíciles para toda la familia. Quizás el miedo de que le pasase algo no les dejó ver que su madre de momento podría hacer la mayoría de las cosas que ahora le prohibían realizar. No se dieron cuenta de que el mismo día del diagnóstico, su madre había hechos las camas, limpiado el polvo, preparado la comida, limpiado la cocina y el baño.

Lo que esta señora tuvo que sentir no me lo imagino, y probablemente su familia tampoco se lo imaginó cuando tomó la decisión de que la enfermedad fuera su identidad.

Texto: Judith Reguero.

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