OPTIMISMO Y PESIMISMO

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Las cosas ocurren. Tanto las que gustan como las que no. Hay personas que ante las dificultades se crecen, se hacen fuertes y trabajan para salir adelante. En cambio, hay otras que se hunden y lloran su mala suerte. A las primeras las solemos llamar optimistas y a las segundas pesimistas. La diferencia entre unas y otras se encuentra en su manera de pensar.

Las personas pesimistas suelen explicar lo que les sucede en términos de “siempre” o “nunca”. Además, sienten que cuando fracasan en una cosa han fracasado en todo. Y también, se sienten culpables de lo que ha ocurrido.

Los optimistas dan una explicación de lo ocurrido totalmente diferente. Para ellos las cosas suceden “algunas veces” o “últimamente”. Sienten que han fallado en algo concreto pero siguen teniendo ánimos para las demás facetas de su vida y pueden buscar otros responsables.

Este ejemplo puede ayudarte a entenderlo. Imagínate que te echan del trabajo. Si eres pesimista pensarás algo así: “Es que siempre me toca a mí lo malo. Me han despedido porque no valgo para nada. Yo tengo la culpa, si hubiera metido más horas…”

Si eres optimista, por tu cabeza rondará un monólogo parecido a éste: “Últimamente no me va muy bien en los trabajos de atención al público. Los clientes cada vez son más exigentes…”

Ante estas dos formas de pensar tan diferentes es lógico que la forma de actuar también lo sea. El pesimista se quedará en casa lamentándose y el optimista saldrá a la calle en busca de un nuevo trabajo. Probablemente, el optimista tarde menos en encontrarlo ya que es muy extraño que algún empresario llame a la puerta del pesimista.

Por eso, si te gustaría ser más optimista solo tienes que cambiar tu forma de pensar. Hay un par de herramientas que te pueden ayudar. Te las contaré en una próxima entrada. Mientras tanto, fíjate en cuál es tu manera de pensar ante las dificultades que se te plantean en tu vida diaria.

 “La vida es un 10%lo que te pasa y un 90% cómo te lo tomas”

Texto: Raquel Reguero

Ser agradecido

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“Las buenas costumbres no hay que perderlas”, con esa dedicatoria me regaló mi pareja el último cuaderno. Y es que llevaba meses poniendo en práctica la sana costumbre de al levantarme escribir de forma automática tres páginas, tal y como recomendaba el libro “El camino del artista” de Julia Cameron.

Normalmente al escribir de forma automática las cosas que escribes son negativas, la idea es esa, que a primera hora de la mañana saques todo lo malo para quedarte con lo bueno, con lo que te llena de verdad. (El libro recomienda este ejercicio para aumentar la creatividad).

 Sin embargo cuando más disfrutaba era cuando de forma automática escribía tres paginas agradeciendo, agradeciendo a la vida que me ha dado tanto, como cantaba Mercedes Sosa.Si te parece difícil escribir tres páginas, haz la prueba, te sorprenderá gratamente todo lo que tienes que agradecer.

Te aseguro que después de realizar este sencillo ejercicio te sentirás llena de dicha. Y es que realmente tenemos mucho que agradecer.

Un abrazo,

Judith.

MI NIÑO NO ME COME

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 Uno de los momentos que más dolores de cabeza me han traído desde que fui madre ha sido la hora de la comida con los niños. Intenté distintas estrategias para que comieran pero, ninguna me daba los resultados que yo buscaba y no me sentía cómoda con ellas.

Hasta que una amiga me dejó el libro “Mi niño no me come” de Carlos González. Tras leerlo y poner en práctica lo que dice, mi nivel de ansiedad y preocupación disminuyó considerablemente.

Si te agobia el momento diario de la comida hasta tal punto que has pensado que la única solución es dejar a tus hijos en el comedor del colegio y que se las arreglen allí con ellos (a la vez que te sientes frustrada y la peor madre del mundo por pensar en abandonarlos a su suerte), te recomiendo el libro de Carlos González.

Por si no puedes salir corriendo ahora mismo a conseguirlo, te cuento la idea que cambió mi pesadilla. Haz el siguiente ejercicio:

El domingo, o cualquier otro día de la semana, pesa a tu hijo y apunta el valor que te da la báscula.

Durante esa semana (7 días) dale la comida que sueles darle habitualmente. Cuando diga que no quiere más se la retiras. No hay gritos, ni amenazas…

Pasada esa semana lo vuelves a pesar. Compara el dato obtenido ahora con el que habías apuntado.

¿Cuál es el resultado de este ejercicio? Verás que el peso se mantiene. Éste es un dato objetivo de que tu hijo come, más o menos, lo misma cantidad si le gritas y le riñes que si le retiras el plato cuando te lo pide.

Donde se notan grandes cambios es en el ambiente que se respira a la hora de la comida. Se pasa de vivir unos momentos angustiosos a disfrutar de un rato en familia y conversación.

Yo me tomé la licencia de hacer el ejercicio durante varias semanas seguidas y mi niño no adelgazó. Lo habitual es que unos días coma más y otros menos y así va compensando. Esto es algo natural o ¿tienes tú el mismo apetito todos los días?

Espero que te ayude.

Texto: Raquel Reguero